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La pestaña de Irene



 

La pestaña de Irene

 

Como prueba del amor compartido intercambiaron regalos.

El le obsequió una mansión en la isla de Mallorca, ella una pestaña.

Irene guardó bajo llave, en un cajón de su biblioteca el título de propiedad a su nombre.

La pestaña fue colocada delicadamente en un pequeño frasco de cristal que contenía agua bendita.

Ambos estaban satisfechos por la generosidad que se prodigaban.

Al poco tiempo, cuando él la miraba sentía cierta incomodidad.

Algo había cambiado en forma decisiva, pero no lograba encontrar una palabra que represente unívocamente su sensación.

Una tarde de invierno pudo descubrir el motivo de su inquietud.

Ya no la veía hermosa y radiante como antes. Algo había desaparecido.

Sus hermosos ojos verdes carecían de una pestaña.

Se sentía culpable por haber aceptado tamaño intercambio, dejando a la muchacha sin ese arqueado y bruno pelillo que pertenecía a sus parpados.

Sin dudas había sido un trueque desigual donde él había abusado de la bondad de la joven.

La pasión y la ternura se fueron desvaneciendo hasta que pudo admitir que ya no la amaba.

Perder ese sentimiento lo dejaba solo, sin fuerzas, desorientado.

En su escaso conocimiento de la psicología supuso que estaba traumatizado.

Fue entonces cuando le pareció oportuno recurrir a los consejos de un médico amigo especialista en traumatología.

El galeno escuchó con atención lo sucedido y comenzó a propinarle una catarata de recriminaciones. Tales como -te has aprovechado de un espíritu desprendido como el de ella. - Has alterado lo más bello de una mujer : su mirada.  -Es imperdonable.

Luego, algo más calmo, tomó un block de notas, su estilográfica nacarada y escribió Rp/ y finalizó de redactar su receta. Se la entregó sin dejar de firmarla y sellarla. Le dijo -esta medicación la utilizaras si falla el primer recurso. El preguntó ¿ que primer recurso ?. -Volver la pestaña a su lugar original- respondió el traumatólogo.

El recibió la prescripción médica desbordante de regocijo y con un fuerte abrazo demostró su sincera gratitud.

Sin perder tiempo, al día siguiente se embarcó en el primer vuelo disponible hasta la isla.

Al llegar, Irene estaba disfrutando del sol y la playa.

Cuando lo divisó fue corriendo a sus brazos, lo beso apasionadamente e ingresaron a la mansión, que él por primera vez visitaba.

Traía consigo el adhesivo especial aconsejado.

Le propuso que se sentaran en el sillón central y le pidió dulcemente que entornara sus ojos.

Ella obedeció en silencio.

El tomó del frasquito la pestaña, cubrió el extremo con el pegamento y con velocidad y precisión la adhirió al borde de su parpado.

Irene abrió sus ojos con sorpresa, sin comprender lo que sucedía.

El no pudo ni supo explicarle, pero había logrado aparentemente su cometido.

Durante la hora de la cena Irene en forma descuidada bajó bruscamente su cabeza y la pestaña se desprendió. El adhesivo no había dado resultado y el cuasi diminuto pelo cayó sobre la mesa. En forma rápida y con esmero el hombre lo recuperó, devolviéndolo a su envase original.

A las pocas horas se marchó. Nada había cambiado. El desamor continuaba y con ello la desdicha lo volvía a acompañar.

Bien sabía que peor que no ser amado era no poder amar.

Comenzó para él una vida intolerable.

Dilapidó su fortuna desprendiéndose de todos sus bienes, que malgastó en bebida, especialmente en jugos de frutas y gaseosas. se hizo adicto a juegos riesgosos como el ta-te-ti, las damas y la escoba de quince.    

En un austero departamento de un ambiente lo sorprendía la madrugada.

Se quedaba mirando con tristeza el cilíndrico receptáculo con agua bendita y escuchaba una voz vidriosa que exclamaba -yo también estoy sola y triste-

Con su pesadumbre a cuestas un buen día encontró en un cajón la medicación que el traumatólogo le había recetado. Lo había olvidado por completo. De inmediato compró el medicamento.

Por la noche, ansioso, retiró del envase las píldoras color verde y de un trago ingirió cuatro pastillas.

Se quedó despierto hasta la madrugada en espera del efecto que le brindaría el remedio medicado. Esa noche experimentó por vez primera el sentimiento inexplicable de la fe. Estaba absolutamente convencido que esas tabletas significaban la gloriosa medicina que lo llevaría a su amor.

Finalmente se quedó dormido. Al despertar se sintió extraño y embargado de una exultante felicidad.

Miraba hacia afuera con asombro ya inmerso en un pequeño frasco de cristal.

Su cuerpo se había transformado en una figura minúscula y arqueada.

En ese ambiente acuoso aun sigue nadando feliz junto a su compañera definitiva: la pestaña de Irene.

 

 


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